Nombres de embarcaciones

Nombres de embarcaciones

Siempre ha sido común el nombrar todas las embarcaciones. Para muchos se trata de algo ligado a la superstición: es de mala suerte viajar un barco sin nombre. Para otros, algo relacionado con la seguridad: el tener el nombre de un bote ayuda a localizarlo y agilizar las gestiones de rescate en caso de emergencia.

Independientemente de lo que sea, siempre es necesario que las embarcaciones tengan su propio nombre. Esto suele realizarse en la Dirección General de la Marina Mercante, que es donde se lleva el registro de todos los botes. Allí se verifica que el nombre escogido no existe y entonces se procede al bautizo.

El nombre, además, ayuda en la identificación. Cuando se establecen comunicaciones con otras embarcaciones, o al momento de tocar puerto, es necesario contar con un nombre que permita establecer de quién se trata. Pero, más allá de todo lo anterior, el nombre es parte esencial de cualquier embarcación. Hoy explicaremos todo lo referente a esto.

Un nombre para cada una

Si se deja de lado el nombre dado en el bautizo, todas las embarcaciones tienen un nombre que las identifica. Este va relacionado con sus propias características, modelo y uso habitual. Por ejemplo, anteriormente se denominaban a los buques de guerra como «acorazados». Asimismo, esos botes utilizados para la pesca en el Caribe son llamados como «balandras». Y, por supuesto, también están los términos barca o barcaza.

Este nombre para cada uno ayuda a diferenciar los tipos de embarcaciones que hay en el mar. No es lo mismo un yate a un buque, un canario a una carabela, o una goleta a un esquife.Cada uno de estos términos, y muchos otros más, son recogidos en el diccionario de la lengua española. Las variaciones son diversas, pero esto se debe a que las embarcaciones son el primer medio de transporte construido por el hombre. A lo largo de la historia han existido muchos cambios, dando origen a estructuras propias y diferentes unas de las otras.

La importancia del nombre

Ahora bien, volviendo a ese nombre propio que le da el propietario a su embarcación, este debe estar escrito en la popa. La razón de esto es debido a que se trata de la zona del bote que tiene mayor visibilidad. Por lo general, cuando se atraca, la embarcación queda con la popa hacia donde los espectadores puedan mirarla. Esto facilita su conocimiento y ayuda a que, gracias al nombre, las personas puedan asociarlo con su dueño.

No importa el tamaño o el tipo de embarcación: todas, sin excepción, deben tener un nombre. Forma parte de una tradición milenaria. Pero así como es necesario bautizar a una embarcación que apenas será puesta en agua por primera vez, cuando se adquiere una usada, la tradición señala que esta conserva su nombre anterior. En pocas palabras, es como si se tratara de la adopción de un hijo que ya fue nombrado.

El género en el nombre de las embarcaciones

Siguiendo a lo establecido por las tradiciones, es común que, al nombrar un bote, todos o la gran mayoría tengan nombres femeninos. Este pequeño detalle es desconocido por quienes acaban de iniciar en el mundo de la navegación.

La razón de esto es que, desde hace muchos años, los botes de recreación o comercio eran bautizados con nombres cuyo género era femenino para diferenciarlo de aquellos de uso militar, los cuales tenían nombres masculinos.

A raíz de esta precaución se mantuvo una tradición en la cual cada propietario suele llamar como mujer a su embarcación. Cabe destacar que no es una regla escrita, sino más bien una creencia que ha pasado de generación en generación.

La mitología y la superstición

Hay mucho de superstición en cuanto al nombre de las embarcaciones, sobre todo al tratarse del género femenino. Además de la tradición antes señalada, existen otras teorías que señalan que esto sucedió por aspectos mitológicos. Por ejemplo, durante la expansión de Grecia y Roma, los botes utilizados llevaban los nombres de diosas. Con el paso de los años esta tradición continuó.

Sin embargo, existen creyentes que afirman que todo responde a una superstición para asegurar bienestar, cuidado y evitar los naufragios. Los nombres femeninos, al representar a las mujeres, también lo hacían en su aspecto más esencial: delicadeza, respeto, amor, refugio, hogar. Así, al salir al mar y enfrentarse con los mil y un peligros que hay en él, la figura de la mujer estaba presente. El uso de los nombres de vírgenes o reinas abundó gracias a ello.

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